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Un cuento de Navidad

Aquel pueblo, que hacía ya años que no lo conocía ni la madre que lo parió, permanecía once meses guardado en cajas de cartón con bolas de papel de periódico, normalmente del mes de enero. Conforme se iba acercando el día de la Inmaculada esas cajas de cartón abandonaban altillos y desvanes y prometían horas de ilusión.

Pero aquel año era distinto, pues quiso el destino que, cuando el pueblo fue guardado en cajas de cartón, con las prisas y premuras, todos los habitantes coincidieron en la misma caja de zapatos, lo que provocó que, durante once meses, tuvieran que convivir todos juntos. ¿Todos? Todos no, pues en una pequeña y antigua lata de bombones que ya empezaba a estar atacada por el óxido en sus esquinas y bisagras, se guardaba, entre algodones, a una familia con un niño recién nacido, con un buey y con una mula.

Pero volvamos a nuestra caja de zapatos. Resulta que estando allí todos dentro decidieron que era necesario organizar el pueblo y elegir quién debería ser el Alcalde. Y aquí empezaron los problemas, porque el pastor que dormía en la cueva y que cada año era despertado por no sabemos bien quién, propuso que él debía ser el elegido puesto que llevaba años siendo el que avisaba al resto del personal de lo que allí ocurría. Inmediatamente fue rechazada su proposición por el grupo de lavanderas quienes, en coalición con las panaderas y las que cuidaban de las gallinas, argumentaban que sin ellas y si no eran elegidas, a ver de dónde iba a sacar el resto ropa limpia, pan y huevos. En esto que unos pastores que siempre se colocaban encima de las montañas, decidieron que no querían formar parte del pueblo, y que ellos mismos construirían el suyo; pero querían seguir teniendo pan, huevos y ropa limpia. Quedaba el grupo que siempre se colocaba cerca del portal que estaba al lado de la posada, quienes manifestaban que siendo los que estaban en el centro de aquel pueblo, de entre ellos debería surgir quien a todos gobernara.

A falta de acuerdo, decidieron preguntarles a tres magos que cada año llegaban de Oriente pero éstos estaban preocupados cuidando de su valioso cargamento y les tenía sin cuidado quién mandara en el pueblo siempre y cuando el elegido les indicara el camino a seguir. Así las cosas, y como cada año, unas pequeñas manos infantiles colocaron a cada cual en su sitio, sin escuchar las protestas de cada uno. Aquel año el pueblo no quedó tan bien como otras veces, pero cumplió la función encomendada y, anda que te anda, llegó el 24 de diciembre. Sonando las doce suspira María. José le pregunta, ¿qué tienes mi amor? En ese momento el Niño nacía, sobre aquel pesebre, el Hijo de Dios.

Y se acabaron los problemas: el pastor que dormía fue despertado y anunció al resto del pueblo de lo que allí ocurría. Las lavanderas y sus amigas corrieron hasta el portal, no sin antes pasar por las lejanas montañas y traerse a los pastores que allí estaban, y todos, absolutamente todos, descubrieron que había algo más importante que el interés individual de cada uno.

Feliz Navidad a todos.

Antonio Cadillá Álvarez-Dardet
Abogado RZS

Publicado en Viva Sevilla

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