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El casino de mi pueblo

Últimamente pasamos muchos fines de semana en el pueblo. Mi vecino, Luis, que además es el boticario del pueblo, me ha recomendado que me apunte al casino, a cuya Junta Directiva pertenece. Me cuenta de los ratos agradables y las interesantes tertulias que, en torno a un vaso de vino o a mosto nuevo si estamos en noviembre, acontecen en el casino del pueblo. Me dijo que preguntara por Juan El Tuerto, que es quien llevaba desde hace muchísimos años las oficinas del casino.

Y así, el sábado por la mañana decidí acercarme a completar mi inscripción. Quiso el destino que tuviera que ir acompañado por mi hijo de 3 años. Al entrar en el casino pregunté por Juan, y fui cortésmente corregido por el portero, que me indicó que don Juan, recalcando el don, esperaba mi visita. -Deje usted aquí al zagalillo conmigo y al fondo están las oficinas. Pregunté extrañado por qué no podía acceder a las oficinas con mi hijo, y me contestó que los menores de 14 años tenían prohibida la entrada a las oficinas y zona de adultos. Le razoné que si una diputada podía acceder al Congreso con su bebé en los brazos, yo podría entrar en las oficinas del casino del pueblo. La respuesta del portero no por ruda fue menos clara. -Sí, pero es que el portero del congreso no tiene uno de éstos -dijo desviando la mirada hacia el garrote de avellano que descansaba apoyado en una esquina de la mesa-. Deje usted al zagal conmigo, que yo lo cuidaré bien.

Accedí a su petición y me dirigí hacia las oficinas dudando ya sobre inscribirme o no en esa asociación de tan rígidos principios. Fui recibido por el tal Juan El Tuerto, que en ningún momento me retiró el usted a pesar de mis múltiples peticiones y que me trató de forma exquisita y formal. Me obligó, literalmente, a leerme las normas del casino: potenciar la cultura y convivencia en el pueblo; velar por las tradiciones del lugar; acudir a las Juntas de socios… y las normas de funcionamiento interno: horarios de apertura y cierre; prohibición de la entrada de menores de 14 años en determinadas zonas; y obligación de acudir “con vestimenta adecuada” el día del patrón, los días de fiesta y a los actos institucionales a los que fuera convocado. Me parecieron algo rígidas y le pregunté qué ocurría si, por ejemplo, olvidaba la vestimenta adecuada uno de los días preceptivos -pues ná, que usted no entra-. Quise saber, algo chulesco, cómo se me impediría la entrada -¿Ha visto usted el garrote del Peri? Mire usted, nadie le obliga a usted a apuntarse al Casino. Si usted quiere, esto es lo que hay, y sino… pues ya sabe usted. O se firma o no se firma, pero de estos papeles no se cambia ni una coma mientras no lo decida la asamblea del casino. Finalmente firmé, recogí a mi hijo a la salida, que estaba feliz intentando explicarle al Peri lo que era un sable láser con el famoso garrote en sus manos, di las gracias y me fui a casa.

Y después comenté con mi vecino Luis que me habían parecido algo rigurosas las normas del casino. Y Luis sentenció: Mira Antonio, en todas partes son necesarias las normas, que están para cumplirlas. Sin ellas, los niños acabarían jugando a la billarda en el salón del casino y los socios irían en chándal el día del patrón. Y el garrote del Peri puede parecer algo salvaje y rudimentario, pero te aseguro que es sumamente efectivo. Pero, sobre todo, debes comprender que todas estas normas se pueden cambiar, sólo hay que conseguir que el cambio sea validado por la mayoría de los socios en junta del casino, pero ese día, el de la votación, ni podrás llevar a tu hijo ni podrás ir vestido como te dé la gana. Después ya veremos. ¡Qué bien merecida es la fama de sabios que tienen los boticarios, sobre todo los de pueblo!

Antonio Cadillá Álvarez-Dardet
Abogado RZS

Publicado en Viva Sevilla

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