C/ Chaves Rey, 2. 41012 Sevilla
954 295 080
954 295 081

El cliente y tú

Ha sido tradicional el estudio y son muchos los trabajos acerca de la naturaleza jurídica de la relación cliente – abogado, y en especial ha sido célebre la discusión -ya desde el Derecho Romano y aún perdura en la Doctrina y en la Jurisprudencia- de si verdaderamente estamos en presencia de un contrato de arrendamiento de servicios o de un mandato.

No es este afortunadamente el objetivo de estas líneas, porque creo que no debe pasar de eso, de una compleja, teórica y escolástica discusión doctrinal, teniendo esa relación otros aspectos prácticos mucho más trascendentes en el ejercicio diario de nuestra profesión.

La relación que te une con el cliente es precisamente eso: una “relación”. Y como toda relación o vínculo el dato que más la caracteriza es el de la confianza (“mutua”). E igualmente como en toda relación de seres humanos, igual que nace, se reproduce o muere… de ahí el carácter intuitu personae que se le reconoce a los servicios prestados por los letrados a sus clientes basados primordialmente en la confianza que estos depositan en aquellos y que puede serles reiterada en cualquier momento. Del mismo modo y desde el otro lado de la relación, el profesional no es que deba sino es que está obligado por lealtad y deontología profesional a dejar de prestar sus servicios cuando por su parte deje de tener confianza con el cliente. Lo contrario sería engañar al cliente y lo que es peor: a uno mismo.

Esa confianza o fiducia es tan sumamente importante pues se trata de “el puente” que le sirve al cliente para salvar la situación de desigualdad e inferioridad en la que se encuentra para evaluar, controlar o juzgar técnicamente el trabajo del profesional –de cualquiera-.

Si traducimos lo anterior a la práctica, la misma confianza tiene que tener el niño que va al dentista a colocarse unos brackets porque el dentista ha convencido a la madre de la criatura que tiene la boca como un buzón, que el cliente al que le acabas de decir que vas a redimirle un censo enfiteutico. Confianza y extrema pues en muchos casos se tiran al pozo sin saber ni el por qué, ni cómo, ni cuando, y lo que es peor: ni cuánto.

El salir de la oscuridad de la oposición y el inicio del ejercicio profesional reconozco que fue un choque importante en mi vida. Pero nada semejante a cuando tuve que enfrentarme con dos especies autóctonas de clientes que sirven de excepción a lo expuesto en el párrafo anterior. Existe la figura del cliente “compañero” que te jura y asevera que deja todo el asunto en tus manos y nada quiere saber de el –lo que solo es cierto cuando se trata de la separación de su cuñada- y la del cliente “autojuridicodidactalistillo” –hoy en franca expansión- que continuamente fiscaliza tu actuación con citas de la opinión de otros compañeros -a los que consulta abiertamente a tus espaldas– con doctrina de autores a los que suele leer habitualmente e incluso con aportación de Sentencias que en la mayoría de los casos no son de aplicación.

En ese momento tuve una crisis y gorda. Digo diossssss no nos engañemos: esto no lo analiza ni Sigmund Freud en su psicoanálisis. El nivel de exigencia, dedicación e implicación que te piden algunos clientes es sencillamente alucinante y más sin ningún tipo de estudio psicológico previo ni experiencia alguna. A día de hoy no alcanzo a comprender como no se da –al menos cuando yo estudié– ningún tipo de asignatura en la Facultad que te prepare psicológicamente para este tipo de trances alucinógenos en la praxis profesional. Tremendo.

Ahora me río, pero me acuerdo los sudores y los malos momentos que pasaba cuando me decía a mí mismo que esto era mucho más importable, difícil y exigía muchísimo más esfuerzo que estudiarte 120 y pico temas de Derecho Civil del programa de Notarías y los 80 y tantos del Hipotecario de Registro. De lejos. Sin duda. Extenuante.

Desde luego que esto no podía seguir así, o hubiese tenido que retornar al enriquecedor, pero poco práctico y alejado de la realidad, mundo de la oposición.
Le dí muchas vueltas ya que había días que soñaba con volver al estudio de la inscripción del crédito refaccionario y me levantaba –y me levanto– gritando quien me ha robado el cronómetro para cantar los temas.

Al fin y al cabo y sin pensar tanto, la solución me llegó sola: caí en la cuenta que el “problema”, como muchas otras cosas en la vida, no está en los demás. Está en uno mismo.

Tenemos, o yo al menos tenía, tendencia a complicar las cosas haciéndolas mucho más difíciles de lo que realmente eran. Ahora quizá lo contrario: todo lo reduzco o resumo quizá en demasía o será que, como no veo, veo menos cosas y todo parece más fácil. No se. Bromas aparte, lo cierto es que lo prefiero y lo más importante me da seguridad, serenidad y solo así se que puedo transmitir tranquilidad. La labor de síntesis y la de priorizar y relativizar temas me ha salvado.

Reconozco que ahora voy a una reunión y me fijo en cosas que antes ni se me pasaban por la cabeza, por supuesto mucho más importantes en ese momento que saberse de corrido todas las exenciones del ITPAJD por poner un ejemplo.

La educación, la cordialidad, la corrección, la amabilidad y sobre todo el sentido del humor –en suma el saber estar- juegan un papel primordial, esencial en tu relación con el cliente (en general con los demás), estando el éxito asegurado si ese trato personal se acompaña luego –insisto luego- de una mayor o menor dosis de estudio en función a tu preparación jurídica anterior. Si solo tienes lo primero a lo sumo solo llegaras a ser un buen gestor o comercial -que no abogado- pero sí sólo tienes lo segundo difícilmente tendrás clientes –y dudo que amigos– porque no te aguantarás ni a ti mismo.

Pero es que hay otro elemento que me parece básico y al que antes ya he aludido. El cliente para depositar su confianza en un profesional exige que le den tranquilidad y ésta como en cualquier otra relación humana entiendo no solo se gana con preparación y saber sino que se conquista además de, con aquellos valores hoy desgraciadamente en decadencia. Sólo si transmites tranquilidad surgirá la confianza.

Insisto mucho en ello tanto a las personas con las que trabajo, como cuando sale el tema con amigos e intento trasladárselo e inculcárselo a mis hijos -y a mí mismo el primero todos los días con mejor o peor resultado pero no dejo de hacerlo-. Siempre me repito: un triste, un pesado o un amargado solo da lo que tiene: tristeza, pesadez o amargura. O lo que es lo mismo, la traslación a sensu contrario del latinazgo nemo dat quod non habet a la relación del cliente plúmbeo y tú.

Quiero decir con ello, volviendo al principio, que el vínculo que surge entre el cliente y tu no deja de ser una relación y que como toda relación –ya sea personal o profesional- hay que iniciarla, cultivarla y adornarla para que no muera esfumándose la tan preciada confianza en la que se asienta.

Y para ello hay que tener todos los días voluntad de poder, de querer, pero no como voluntad de dominio, sino de superarse uno a si mismo continuamente en la profesión –como en la vida– pero con un límite: siendo fiel siempre a uno mismo, sin sojuzgar a nadie ni necesidad de ser reconocido. Esto es más propio de débiles.

Pienso que sólo se es mejor profesional cuando se es más persona y más fiel a uno mismo. Y ello tanto en los días en que uno no está tan bien como en los días que hay que llevar la contraria o mostrar tu desencanto o incluso tu cabreo llegado el caso. Se puede y se debe disimular y por supuesto nunca molestar. Pero nunca fingir. El cliente que confía en ti de verdad te conoce con tus defectos y virtudes, como tú los suyos y le tranquiliza que también seas persona y te comportes como tal y va a valorar más que nada tu lealtad pero más aún tu sinceridad.

En fin, la consecuencia final a título personal de todo esto que he escrito, es que me ha servido y mucho. En tres palabras, soy más feliz. Disfruto cada vez más con mi profesión –y con todo- y resulta que los clientes plúmbeos o soporíferos son cada vez menos aunque tengo el pleno convencimiento de que el que es plúmbeo lo es en el dentista, en “Amnesia” en Ibiza o en el abogado…

Me despido. La verdad que he pasado un buen momento pudiendo transmitir estas experiencias con todos. De eso se trata.

PD. Espero que este blog no llegue a manos de “plumbingclients” o al menos no se den por aludidos.

Muchas gracias

Salvador Guerrero del Prado
Abogado RZS

Deja un comentario