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El calor

Desde luego, es el tema del momento. Superada, en la medida que se puede superar, la crisis griega; curados de espanto de las ocurrencias de los nuevos mandatarios consistoriales y aun incipiente el frente independentista de Cataluña, penúltima ocurrencia de ese clarividente que nos ha tocado en suerte llamado Artur Mas, en este nuestro país no se habla de otra cosa: el calor.

Nosotros, los del sur, y más concretamente los del valle del Guadalquivir, tenemos la ventaja de habernos criado con el calor, de haber pasado muchos veranos con el mercurio por encima de cuarenta y de haber adquirido, a fuerza de sufrirlo, el hábito de soportar estoicamente esos días infernales en los que, literalmente, arde la ciudad.

Sin embargo estamos olvidando, a fuerza de no recordarlo, lo que sobre el calor sabían nuestros mayores, que no era poco: Sabían buscar sombríos zaguanes que daban a patios rodeados de verdes pilistras de anchas hojas y donde, si había suerte, cantaba una fuente su canción de agua. Las abuelas sacaban de los cajones de sus cómodas, perfumadas de lavanda y madera vieja, sus grandes abanicos de Manola y escondían en la bocamanga de sus finas blusas un blanco pañuelo que, previsoras, habían mojado con agua de rosas. El crujido de una mecedora y el golpeteo rítmico de un abanico contra el pecho, en la umbría de una habitación cegada por esterones de esparto, anunciaba la hora de la siesta, desierta por entonces la ciudad, igual que el chapoteo de unas rápidas manos en un cubo de zinc anunciaba la caída del sol y la hora del baldeo para refrescar muros y suelo. Luego, cuando la temperatura bajaba lo poco que podía bajar, se reanimaba la vida, y, a falta de televisión, ordenadores y videoconsolas, las tertulias de vecinos y amigos ocupaban esas horas de tregua en la batalla del calor. Hemos olvidado el búcaro, curado con agua de anís, a la sombra sobre un platillo con agua; hemos olvidado el medio limón pinchado con clavos de olor, y las macetas de verde albahaca en los quicios de las ventanas para que no entraran los mosquitos. Hemos olvidado el ramillete de jazmines, ensartados con paciencia durante la tarde, que se abrían con la luna, y la dama de noche, que esperaba paciente a que se fuera el sol para perfumar un patio entero.

Ahora la cosa es, desde luego, mucho más fácil y soportable. Basta apretar un botón para que cualquier habitación de la casa o del trabajo esté a la temperatura exacta deseada. Las neveras nos proveen de agua fría y hasta nuestros coches cuentan con potentes sistemas de aire acondicionado que hacen posibles los desplazamientos con estas tremendas temperaturas.

Ahora las cosas son, desde luego, mucho más fáciles, pero estarán de acuerdo conmigo en que también mucho menos hermosas.

Antonio Cadillá Álvarez-Dardet
Abogado RZS

Publicado en: Viva Sevilla

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